sábado, 14 de mayo de 2011

Mi mancha de Sol



Menos mal que de golpe lo imprevisto llega y nos reconcilia con la vida cuando sin esperanza caminamos, hartos de todo, y ya apenas nos quedan fuerzas para seguir. No, no es preciso que lo que de manera inesperada viene a salvarnos sea un gran suceso: basta a veces con algo que sería bien poca cosa para quien no tiene necesidad de ayuda.


Hoy, por ejemplo, volvía yo, vencido, hacia mi casa, en el atardecer, después de un día desastroso, un día de esos en lo que las miserias cotidianas se acumulan en un fardo oscurísimo que nos dobla la espalda. Iba cayendo la noche. Y lentamente me llevaron mis pasos, por azar, hasta una calle solitaria y humilde. En ella vi una pared casi ruinosa, un viejo muro con una mancha muy intensa de sol crepuscular que se negaba a dejar la ciudad y no quería rendirse ante el avance decidido de la nocturna sombra.



Poca cosa, dirán, sin duda, algunos. Pero aquella luz rezagada, aquel remanso efímero de sol a punto ya de marchitarse, me liberó de pronto de la angustia que llevaba conmigo.


Y pude luego proseguir el camino hacia mi casa redimido, dichosa y, no sé, acaso, acaso, cantando en voz muy baja una canción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario