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Leí dos veces seguidas estas escasas líneas y las dos me quedé enganchada en la penúltima de ellas, igual que un disco rayado.
Deseandoverteteabrazadeseandoverteteabraza
Hacía tantos años que no recibía algo remotamente parecido a una carta romántica que no paraba de repetir aquello. «Pero imbécil —me dije por fin saliendo del bucle—, deja ya de hacerte la novela. Esta no es una carta de amor ni nada que se le parezca. Son palabras de pura cortesía.» Sin embargo, ya se sabe cómo es el corazón humano. Más aún aquellos que no palpitan desde hace añares como el mío, por lo que me costó bastante sofocar sus latidos. En realidad, esa pobre válvula no volvió a retomar su ritmo normal hasta que llamé a Vlad y terminé de hablar con él. Entonces no es que se serenase, es que se encogió la pobre. No porque Vlad estuviera antipático ni nada por el estilo. He de decir, en honor a la verdad, que se mostró muy cordial. Me contó que pensaba venir a Madrid, que estaba buscando trabajo y que tenía dos entrevistas relacionadas con el gremio de hostelería. Charlamos un rato y yo le ofrecí quedarse en casa para no pagar hotel. Sin embargo, incluso cuando agradeció mi propuesta, no hubo nada, ni en el tono de su voz y menos aún en el contenido de sus palabras, que pudiera alimentar aquel prometedor «deseando verte te abraza».
Ante evidencia tan poco alentadora, en cuanto cortamos, la tonta Doris Day que llevo dentro se empeñó en argumentar que la gente es siempre mucho menos expresiva de viva voz que por escrito, que he ahí, por cierto, el éxito (y también el peligro) de los sms, porque se escribe lo que realmente se siente a diferencia de lo que se dice, que siempre es más cauto, más moderado. Sí, todo eso y más argumentó, voluntariosa, Doris D, pero la Dorothy Parker que también habita en mí no se anduvo con contemplaciones, sino que se ocupó de bajarme de la nube rosa de un guantazo: «Los hombres que me gustan nunca se enamoran de mujeres como yo», ésas fueron sus sentenciosas palabras y dictamen, pero lo cierto es que, curiosamente, lograron que me sintiera más tranquila. Sí, creo que me procuraron esa serenidad adolorida pero no por ello menos útil que se alcanza cuando se da uno cuenta de que no hay nada que hacer ni que esperar en el terreno amoroso.
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Bueno, aquí dejo un fragmento del libro 'Invitación a un asesinato' de Carmen Posadas. No es el libro de mi vida, pero dice mucho acerca de las personas... de sus filias y sus fobias... y estoy segura de que en más de una ocasión os sentirías identificados con alguno de los personajes...